Se levantó con la
herida del costado cosida, vendada e incluso perfumada. Comprobó como su ropa
había sido remendada y como su espada estaba limpia y en su vaina, sus botas
estaban lustrosas y su cota de malla estaba reparada.
- -Al fin te despiertas- dijo una voz
femenina a su espalda, se giró y observó a quien la hablaba. Era una hermosa
doncella de largo cabello, su color era un castaño medio rubio, tenía dos ojos
tan azules como dos zafiros. Era de estatura normal, de hermoso rostro y de
pequeña nariz, su sonrisa era hermosísima y alegraba a cualquiera que tuviera
la suerte de verla. Además su voz era muy dulce, como la de las canciones de
cuna que su madre le cantaba para dormirlo.
- -¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado con la
batalla?- trato de levantarse pero la herida hizo que se echara para atrás.
- - ¡ Descansa! No quiero verte entre la
vida y la muerte otra vez. Estas en casa Dei ¿No me recuerdas?
Entonces Dei recobro el
sentido, ella era Ania, la muchacha a la que le había jurado volver vivo de las Cruzadas y de la que llevaba enamorado dos largos años.
- -Ania… te he echado demasiado de menos.
- -¿Recuerdas lo que me dijiste cuando me
diste esto?- Dijo mientras sacaba un reloj de un pliegue del faldón de su
vestido azul. Este reloj tenia labrado un búho por una de las caras- me dijiste
que lo mirara cada día que estuvieras fuera, que guardara las horas sin ti en
él, porque, cuando volviéramos a vernos, se pararía para siempre y nunca
pasaría el tiempo de nuestro amor.
- -¿Ania? No entiendo… ya estoy en casa.
Pero el reloj sigue corriendo y…
Ania
se abrazó a él, con fuerza y Dei le respondió al abrazo con la misma intensidad
y ternura que había recibido de ella. No pudo evitar que se le cayeran las
lágrimas. Ania se las seco con la mano, y por un instante sus ojos quedaron
fijos en los de Dei, entonces, lentamente, se fueron acercando el uno al otro
hasta que se fundieron en un beso. En ese momento las lágrimas caían por las
mejillas de ambos enamorados.
- -Vuelve conmigo- dijo Ania.
Antes
de que Dei pudiera responder, Ania se desvaneció en una nube de arena. Dei se
despertó en medio de la batalla, la herida del costado había dejado de sangrar
y, aunque lleno de barro y sangre, sentía sus fuerzas renovadas. Cogiendo su
espada y su escudo cargo contra el enemigo, pero no una de esas cargas suicidas
que tan tristemente habían acabado con la vida de valerosos hombres en aquella
guerra santa.
Dei
no podía permitirse morir, no ahora que tenía alguien por el que luchar, no
ahora cuando su corazón latía con más fuerza que nunca.
Florencia,
1235 d.c Casa de Ania Volli.
- - Mi señor, vuestra hija ha muerto
El
padre de Ania sintió como el mundo se le venía encima, justo ese día había
llegado la noticia de la muerte de Dei en Jerusalén. Cuando el padre se acercó
a la cama, vio que su hija sostenía un reloj con un búho en el reverso. El
reloj se había parado al morir su hija.
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