lunes, 9 de junio de 2014

Presagios

Se levantó con la herida del costado cosida, vendada e incluso perfumada. Comprobó como su ropa había sido remendada y como su espada estaba limpia y en su vaina, sus botas estaban lustrosas y su cota de malla estaba reparada.
-   -Al fin te despiertas- dijo una voz femenina a su espalda, se giró y observó a quien la hablaba. Era una hermosa doncella de largo cabello, su color era un castaño medio rubio, tenía dos ojos tan azules como dos zafiros. Era de estatura normal, de hermoso rostro y de pequeña nariz, su sonrisa era hermosísima y alegraba a cualquiera que tuviera la suerte de verla. Además su voz era muy dulce, como la de las canciones de cuna que su madre le cantaba para dormirlo.
-     -¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado con la batalla?- trato de levantarse pero la herida hizo que se echara para atrás.
-     - ¡ Descansa! No quiero verte entre la vida y la muerte otra vez. Estas en casa Dei ¿No me recuerdas?
Entonces Dei recobro el sentido, ella era Ania, la muchacha a la que le había jurado volver vivo de las Cruzadas y de la que llevaba enamorado dos largos años.
-     -Ania… te he echado demasiado de menos.
-     -¿Recuerdas lo que me dijiste cuando me diste esto?- Dijo mientras sacaba un reloj de un pliegue del faldón de su vestido azul. Este reloj tenia labrado un búho por una de las caras- me dijiste que lo mirara cada día que estuvieras fuera, que guardara las horas sin ti en él, porque, cuando volviéramos a vernos, se pararía para siempre y nunca pasaría el tiempo de nuestro amor.
-    -¿Ania? No entiendo… ya estoy en casa. Pero el reloj sigue corriendo y… 
     Ania se abrazó a él, con fuerza y Dei le respondió al abrazo con la misma intensidad y ternura que había recibido de ella. No pudo evitar que se le cayeran las lágrimas. Ania se las seco con la mano, y por un instante sus ojos quedaron fijos en los de Dei, entonces, lentamente, se fueron acercando el uno al otro hasta que se fundieron en un beso. En ese momento las lágrimas caían por las mejillas de ambos enamorados.
-     -Vuelve conmigo- dijo Ania.
      Antes de que Dei pudiera responder, Ania se desvaneció en una nube de arena. Dei se despertó en medio de la batalla, la herida del costado había dejado de sangrar y, aunque lleno de barro y sangre, sentía sus fuerzas renovadas. Cogiendo su espada y su escudo cargo contra el enemigo, pero no una de esas cargas suicidas que tan tristemente habían acabado con la vida de valerosos hombres en aquella guerra santa.
      Dei no podía permitirse morir, no ahora que tenía alguien por el que luchar, no ahora cuando su corazón latía con más fuerza que nunca.


Florencia, 1235 d.c Casa de Ania Volli.

-     - Mi señor, vuestra hija ha muerto
      El padre de Ania sintió como el mundo se le venía encima, justo ese día había llegado la noticia de la muerte de Dei en Jerusalén. Cuando el padre se acercó a la cama, vio que su hija sostenía un reloj con un búho en el reverso. El reloj se había parado al morir su hija.